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La Cadena de la Vida

La Cadena de la Vida

 Tendría yo unos catorce o quince años.

Una tarde, mi madre me estaba hablando animadamente, cuando descubrí en ella los primeros signos de envejecimiento. No me refiero a las patas de gallo, sino a los signos de vejez que van apareciendo más adelante. Vi esas manchas en las manos y en los antebrazos, la flacidez de sus brazos... En ese momento, me di cuenta que un día, la exuberancia de la adolescencia desaparecería. Y deseé saber envejecer, como al menos, de un modo aparente, sabía ella. Parecía saber que llevaba en sus carnes exactamente la edad que tenía, y me pareció que a pesar de ello, era feliz.

Al poco tiempo, y como viniendo a completar aquel pensamiento, vi la entrevista que le hicieron en la Segunda Cadena al por entonces casi octogenario, don Dámaso Alonso.

Recuerdo que una de las últimas preguntas que le hicieron fue sobre la muerte y cómo la esperaba, a lo que contestó que con impaciencia.

Aquella respuesta, para mí providencial, tranquilizó lo que había llenado de inquietud mi anterior reflexión, y entendí que era maravilloso que la vida nos haga desear lo que nos ha de venir.

Ahora soy madre, y mi hija ha descubierto a través de mí la madurez, pues llevo como bandera mi medio siglo de vida.

Desde que ella era muy pequeña, me he ocupado de hacerle ver lo extraordinario de cada etapa de la vida, y le he hablado con tiempo de lo que le llegará, dejándole bien claro, que el curso de la existencia nos prepara, y nos hace desear lo que tendremos que vivir.

Y espero, que así, de la una a la otra, lo sepamos transmitir a las generaciones venideras.